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Por: Wilmar Vera Z.

Hace un mes Eliécer Santanilla fue asesinado en Armenia. Los que pierden a sus seres queridos saben que escribir sobre ellos en ausencia es un ejercicio no solo de memoria sino de reivindicación. Porque con su crimen quedan muchas zonas sin claridad y este perfil busca refrendar la imagen de un hombre, padre y profesional que como todo ser humano tuvo luces y sombras, pero fue leal y luchador contra la injusticia.

Escribo también con estupor, pues me parece aun increíble que no esté leyendo lo que sus amigos le decimos ni defendiéndose de lo que sus enemigos inventan. Pues aunque muchos lo quisimos desde el primer momento en que lo conocimos, no fue difícil que los envidiosos aprovecharan su cruenta desaparición para regocijarse y ladrarle a la sombra que dejó, porque no fueron capaces de hacerlo de frente.

Conocí a Eli, como le decía, en 2000, cuando era un joven aspirante a fotógrafo que, junto a Daniel Vejarano Bolívar, eran los reporteros gráficos del diario La Crónica. Me llamó la atención su apasionamiento por la lectura, su mirada crítica a la realidad y un humor cáustico de hombre viejo en cuerpo de joven incrédulo.

Le conocí desde entonces su capacidad de trabajar, como si sólo estuviera destinado a eso. Además de fotografías, correteaba funcionarios para pescar declaraciones, se ingeniaba caricaturas para la página editorial y planeaba proyectos para mejorar la condición económica de su amplia familia, pues desde muy joven se echó esa responsabilidad encima.

Tenía una mirada penetrante, ayudado por su contextura alta y delgada, como si su anatomía fuera una representación del talante de su alma, siempre generosa, entregada a los demás y que algunos aprovecharon para, en el momento ajustado, robarlo, darle la espalda, negarlo o señalarlo como el culpable de sus propias miserias.

En los últimos tiempos, crítico como era, se apasionó por la comunicación política, decisión que sin duda le costaría la vida, porque se metió en un mundo que, en el Eje Cafetero, es la versión menor de un muladar representado por seres de grandes bajezas que gobiernan desde altas estructuras.

La comunicación política reúne dos escenarios complejos y allí los lobos comen lobos, algo que Eli conoció y manejó con habilidad, granjeándose amigos y enemigos. Y como las ideas los bajos de entendimiento no separan al mensajero del mensaje, para algunos era la representación de sus fracasos y nimiedades, cuando sólo hacía un trabajo. Sus amigos políticos le impusieron un ritmo de trabajo inhumano, donde se convirtió en un instrumento al que le exigían permanentemente resultados, informes, documentos, resultados, logros.

Claro, los éxitos eran de sus jefes, los fracasos, sólo de él. La política es el arte de mentir y eso lo saben los politiqueros quindianos, todos, donde estar en otro bando no es una discrepancia ideológica sino de vida o muerte.

Para responder a esas responsabilidades, que siempre fueron mayores de lo que merecía, consumía cocaína y gustaba del buen licor. Con su muerte, los enemigos -hipócritas y falsos moralistas- usaron eso en su contra, esperanzados que en el juicio esa información desdibuje la imagen de Eliécer.

Sí, consumía cocaína, como miles de colombianos que están en las redes del narcotráfico para despejar la mente y ser más creativo. No era un ser violento, al contrario era más centrado y equilibrado. Pueden decir esas y otras basuras, pero no le rebaja la talla y profesionalismo, porque lo que él realizaba con su vida lo hacía de frente para su esposa y familia. Los únicos importantes y a quienes les rendía cuentas, porque no cargaba la falsedad que exige la sociedad para ser considerado en público “gente de bien” y en privado una piltrafa humana. Como ese que se presenta como “seguidores de Cristo” y en cuanto colgaba el teléfono se embullía en licor, drogas y putas y que tiene en sus manos la acusación de matarnos a Santanilla.

Da tristeza y rabia escribir este perfil. Tristeza porque truncaron una vida plena de sueños y felicidades, máxime porque hacía poco había llegado a su vida un hijo, por el cual los padres nos desvivimos y sacrificamos. Era una faceta nueva en su vida y la estaba gozando, junto a su esposa.

Da tristeza que su pensamiento y reflexiones quedaron empezados. Ya estaba teorizando sobre el papel de la comunicación y la conversación en las empresas y entidades públicas. En México tuvo gran acogida y estaba programando una visita a Argentina a explicar sus ideas.

Da tristeza que su madre, su familia, su esposa y su pequeño hijo, así como sus amigos, no lo volveremos a ver, ni a sentir sus risas francas y mirada escrutadora. Ni veremos disfrutar la vida plena que debió ser larga y feliz por fin.

Da rabia también porque tras su crimen hay muchas sombras y la justicia colombiana no siempre enciende las velas y descubre la verdad. La línea de investigación es clara y evidente, ojalá los encargados de impartir justicia no desvíen su camino y premien con la impunidad un crimen a todas luces cargado de beneficiarios con su muerte.

Confiamos en que no sea el caso. Que los autores intelectuales sean develados y castigados como merecen, estar tras las rejas, como debe terminar el que las pruebas indican como el asesino material, porque de seguro no actuó solo. Los hechos posteriores lo demuestran, las incongruencias de ese día, de ese fatal 14 de diciembre de 2021, que con maniobras y trampas llevaron a Eliécer a ese apartamento. Si la justicia humana no se ejecuta, espero que en la Divina, que tarde o temprano les llegará, sirva para que paguen con creces el derramamiento de sangre inocente en el infierno, donde merecen estar.

Da rabia saber que no está más con nosotros. Pero no crean que al cortarlo en la flor de su vida triunfaron. No murió, está más vivo que nunca, porque nos lo arrebataron de este mundo material pero nos lo dejaron en el corazón y allí es eterno, porque es semilla de justicia.

No nos cansaremos –su familia y amistades- de recordar y exigir hoy y siempre “Justicia para Eliécer Santanilla”.


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