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Lina Milena González Murcia

Lina Milena González Murcia

Comunicadora Social

Hija de la cordillera y la niebla, calarqueña, montañera y cafetera.
Mujer, madre, profesora, Comunicadora Social y Periodismo, de la Uniquindío, con mestría en Comunicación Educativa, UTP.
Periodista vinculada a La Crónica, donde lideró por 7 años consecutivos el programa Prensa Escuela, en las instituciones educativas públicas del Quindío. Coordinadora de la fería académica ExpoU desde 2018. Docente de la asignatura de Lenguaje desde hace 5 años en el magisterio.

-Claro que me gusta la lluvia. -No sé cuántas veces lo he dicho. – ¿Pero sabes? Me gusta más cuando me miro al espejo sintiendo que mis ojos no son la ventana del alma porque ella se ha ido, se ha roto en pedazos diminutos, se la ha llevado el viento sin rumbo, convertida en microscópicas partículas de polvo estelar.

En esos días imagino que la lluvia alcanza al viento para recuperar mi alma hecha polvo y convertirla en gotas de vida que regresan danzantes al ritmo de su caída, unas veces suaves, tranquilas otras estrepitosas, arrasadoras rompiendo el cielo, iluminando la ciudad que veo en el horizonte, desde mi terraza.

Es que en verdad la lluvia me recuerda la frase que me has repetido tantas veces en nuestros chats.

-¡Solo respira!

Y que hoy me cuesta tanto practicar. Aun no comprendo ¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó? Como un flash llega a mi memoria un recuerdo, el cielo se vestía de azul celeste con unas escasas pinceladas de nubes blancas, el sol se posaba sobre nosotros a una temperatura de 28°.

 

Marchábamos pacíficamente por las calles céntricas de la ciudad hacia la plaza cívica Ciudad Victoria, las compañías musicales amenizaban el recorrido con arengas a ritmo de salsa choque, puedo tararear en mi mente el y uno y dos y treeeees stop…. Un río de alegría y color que avanzaba hasta el punto de encuentro donde convergerían movimientos culturales, estudiantiles, sindicatos, docentes, trabajadores, sumándose a los ciudadanos de a pie que se pronunciaban ante la situación social y política que se vive actualmente en nuestro país producto del narco estado.

El sol cayó, el cielo cambió, fue cubierto por nubarrones de agua que para mí siempre significarán vida, de repente el asfalto que albergaba un río humano empezó a ser testigo de la fuerte lluvia que disipó los ánimos, silenció los tambores y paralizó a los bailarines, muchos como era de esperarse corrieron a resguardarse de las goteras que arreciaban minuto a minuto, era un final perfecto para un arduo día de protesta, dejé que la lluvia bajara por mi cuerpo hidratándolo poro a poro, lo disfruté como en mis tiempos de salta charcos en la infancia, podría asegurar que no fue un sueño porque puedo ver cada detalle en mi mente como en una cinta de vídeo.

Vuelvo a sentir que me cuesta respirar mientras al fin abro los ojos, ahí estás vigilante como un ángel guardián, me miras con sorpresa y rápidamente avanzas tres pasos, sujetas mi mano izquierda con firmeza aferrándote como un náufrago a su tabla, una lagrima resbala por tu mejilla, entonces descubro que estoy inmóvil, solo puedo mover los ojos y aún no he perdido mi alma, lo último que queda para abandonar éste vehículo, al que llamamos cuerpo los humanos, me repites igual que aquella noche.

-¡Solo respira!

La escena llega a mi conciencia clara, sin cortes, (mientras me agito de nuevo y el tic tac de mi corazón se sincroniza con mi tenue línea de vida), me acerqué a la
camioneta blanca creyendo que nos darían café o pan como lo acostumbraban algunos vecinos, en apoyo al movimiento estudiantil, que llevaba 21 días acampando en la plaza, a punta de sancocho de zanahoria, haciendo pedagogía del paro y despertando conciencia sobre la problemática que desangra la patria.

-¡Solo respira!

Me dijiste mientras lanzabas el teléfono y dejabas de grabar, en tu cara se podía retratar el horror de saber que no era una víctima más que tendríamos que denunciar ante las ONG internacionales, si no que era yo quien yacía en un charco de sangre, mis ojos abiertos, combatiendo contra la injusticia social que esa noche había impactado con balas mis ideas. Mientras hacías un en vivo del plantón escuchaste los disparos, sin dejar de transmitir corriste hacía el lugar contando uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve, segundos después un acelerador ensordeció el espacio de muerte, tus gritos me mantuvieron con vida, mientras las sirenas de la ambulancia arribaron al lugar.

Ocho de los nueve impactos dieron en el blanco comprendiendo mi extremidades, tórax y cerebro, pero no llegaron hasta el alma es lo único que me queda vivo, debe ser solo cuestión de tiempo, pronto se desvanecerá en partículas de polvo estelar para que al fin sea alcanzada por el viento, luego caerá para que la aprecies desde nuestra terraza, cada que contemples la caída de la lluvia.


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