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A 39 años de cárcel fue condenado el supuesto cura Édgar Alberto Gómez Romero, quien asesinó a una mujer en Soledad, Atlántico, de quien dijo estaba poseída por “el negro Felipe”, un supuesto espíritu maligno que la violaba todas las noches.

El tipo, que se hacía llamar ‘Padre Ángel’ ahorcó a su víctima y la torturó por tres días, la accedió sexualmente y, una vez falleció, la maquilló y sentó en una mecedora. El crimen contó con la complicidad de varios creyentes, que dijeron que todo el procedimiento era socialmente aceptado y prestaron colaboración al cura para que hiciera lo que quisiera.

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La víctima, la joven Estrella Paola Morales, de 29 años de edad, había acudido al lugar, aconsejada por una amiga, para que le quitaran la mala suerte y pudiera conseguir trabajo.

 

El homicidio:

Un patrullero de la policía acudió a la casa donde ocurrió el asesinato, un día antes de la muerte de la dama. Intentó ingresar pues los vecinos habían reportado gritos, pero no le permitieron entrar.  Al día siguiente el uniformado llegó con una orden de un juez para ingresar a la casa, pero ya era tarde. Al entrar, el 6 de noviembre de 2010, la víctima estaba sentada en una mecedora, maquillada, pero sin signos vitales y con evidentes señales de maltrato.

Édgar Alberto Gómez, quien aseguraba, la había asesinado luego de tres días de un supuesto exorcismo. Ahora, 11 años después, fue condenado a 39 años de prisión.

“El despiadado sacerdote penetró a su víctima con los dedos en la vagina y el ano, y en las mismas cavidades le introdujo billetes. En sus oídos y nariz le clavaron agujas. Recibió golpes en varias partes del cuerpo, le infligió laceraciones en la lengua y la obligó a ingerir sal y miel, lo que le causó gastritis hemorrágica. Mientras todo sucedía, los cómplices oraban y reproducían alabanzas en un equipo de sonido.

La Corte Suprema sentenció al asesino, tras comprobarse que la mujer murió al mediodía del 6 de noviembre por asfixia mecánica  asfixia mecánica. En el el cura Gómez, o ‘Ángel’, como se hacía llamar, dijo que ella “se había sacrificado por el bien de todos”.

Medicina Legal demostró que la víctima tenía lesiones en la cara, cuello, tórax, abdomen, glúteos y piernas, así como un hematoma en el cuello uterino y un desgarro anal.

Édgar Gómez, el supuesto cura, además de Leli Johana Doria, Jairo Pertuz y Miladys Pérez, los cómplices, fueron imputados en noviembre de 2010. Gómez y Doria acusados de ser autores de homicidio agravado y la pareja de esposos Pertuz y Pérez, quienes eran esposos y familiares de la víctima, fueron acusados de complicidad.

En sentencia del 22 de mayo de 2012, Gómez y Doria fueron condenados a 39 años de prisión, los demás recibieron una pena de 16 años intramuros. No obstante, los involucrados apelaron la decisión y llevaron el caso al Tribunal Superior de Barranquilla, el cual consideró como primer elemento que el supuesto sacerdote era inimputable, es decir, no estaba en sus sentidos cuando cometió el crimen y por tanto solo debería estar internado.

El expediente llegó a la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia. El abogado de víctimas alegó que Gómez no era ningún inimputable, pues aunque tenía un historial de enfermedades mentales, su psiquiatra José del Carmen Bornacelly declaró que ese mismo año le había dado de alta y estaba en total rehabilitación.

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El abogado de Lely Johana Doria, la asistente de Gómez, explicó que su cliente en todo momento pensó que se trataba de un ritual religioso y que ella misma ya se había sometido a maniobras de “sanación”. Miladys Pérez, quien prestó la casa, aseguró que participó en una ceremonia históricamente aceptada en Colombia.

La Corte Suprema encontró que el asesino obró con pleno conocimiento de que su sesión podría cobrar la vida de la ciudadana.

Sobre Lely Johana Doria, quien además tenía conocimientos en salud ocupacional, no quedó duda de su responsabilidad durante el asesinato y su omisión. Quedó en firme su condena a 39 años de prisión.

Frente a Miladys Pérez y Jairo Pertuz, también quedaron en firmes las condenas de 16 años, por prestar la casa donde se cometió el crimen y no hacer nada para ayudar a la víctima.


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